El consumo no garantiza la felicidad

En la década de los cincuenta, un gran porcentaje de personas en los países del Norte se autodenominaban los felices de la cima, a pesar de que, desde entonces, el consumo se ha más que duplicado. De hecho, no existe una correlación consistente entre los ingresos, el consumo y la felicidad. Una comparación global de la medida de felicidad en relación a los niveles de los ingresos per capita, indica que mientras más rico es el país, la correlación entre ingresos y felicidad individual es más bajo.

Fuente. Carley, M y P. Spapens. Sharing the World: Sustainable Living and Global Equity in the 21st Century, Earthscan, Londres 1998, p. 142.

Carley y Spapens (1998) explican esta aparente contradicción en términos de las diferencias entre las "expectativas" y la "satisfacción". Las expectativas generadas por la publicidad y la presión social tienden a aumentar con los ingresos, pero la satisfacción no. De esta forma, se afirma que "siempre hay un elemento de insatisfacción que no pueden curar los ingresos altos". Carley y Spapens concluyen que:

   
  No es un accidente: los trabajadores que ganan mucho dinero porque trabajan muchas horas constituyen el mercado de los bienes que ellos producen, sin importar que no necesiten tales productos. El consumo se vuelve la recompensa por el duro trabajo y las muchas horas.

No obstante, el consumo no puede ser una recompensa satisfactoria, pues las condiciones de insatisfacción deben mantenerse o los mercados para los productos inútiles desaparecerían por sentido común. Nos volvemos adictos al consumo, el cual no ofrece una satisfacción duradera.

 
   

Fuente. Carley, M y P. Spapens. Sharing the World: Sustainable Living and Global Equity in the 21st Century, Earthscan, Londres 1998, p. 143.

Esta explicación de la paradoja sugiere que la "insatisfacción" es central para las economías de mercado, pues éstas dependen de que las personas queden atrapadas en un "círculo vicioso de trabaja y gasta", como una banda rotatoria donde el consumo debe pagarse con largas horas de trabajo, que a la vez deben recompensarse con mayor consumo y así sucesivamente.

 

Una segunda explicación de esta paradoja tiene que ver con que en la vida moderna falta un contacto regular con la naturaleza:

   
 

La sociedad consumidora requiere que el contacto humano con la naturaleza, que alguna vez fue directo, frecuente e intenso, esté mediado por la tecnología y la organización. La mayoría de nosotros se mueve en espacios cerrados, un paisaje más artificioso y controlado ha reemplazado aquél que era mucho menos falso y menos controlable. Los animales salvajes, que alguna vez fueron considerados guías y compañeros, cada vez han sido más reemplazados por los animales domésticos entrenados para ser dóciles y dependientes.

Nuestro sentido de la realidad (que antes adquiría forma a través de la compleja interacción sensorial con las estaciones del año, el cielo, el bosque, la vida silvestre, la sabana, el desierto, los ríos, el mar y el cielo nocturno) ahora es constituido por la tecnología y realidades artificiales. El consumo compulsivo, quizá una forma de lamentarse o una evidencia del aburrimiento, es una respuesta al hecho de que nos encontramos exiliados y extraños en un mundo disminuido que alguna vez llamamos hogar.

 
   

Fuente: Orr, D. "The ecology of giving and receiving", en Rosenblatt (ed.) Consuming Desires: Consumption, Culture, and the Pursuit of Happiness, Island Press, Washington D.C. 1999. p. 141.