![]() | La historia de Cathy Cathy, una filipina de 32 años, trabaja como sirvienta en una de las zonas residenciales más ricas en la costa este de Singapur. En la tranquilidad de la tarde se sienta en la terraza del apartamento, donde mece lentamente a la niña recostada en la hamaca. La niña se despierta inquieta; Cathy la levanta en sus brazos y le da un beso en la mejilla. "Shizu es tan adorable que me hace olvidar que extraño mi hogar," dice con una sonrisa cálida. Su inglés es muy correcto aunque habla con un fuerte acento filipino. Cathy comienza a hablar de sí misma. Como típica mujer filipina es amigable y franca. Shizu, de cuatro meses de edad, es hija del empresario japonés que contrató a Cathy y de su esposa estadounidense que trabaja en favor de los refugiados. "Cuando veo a Shizu me recuerda a mis cuatro hijos que dejé en mi país", dice Cathy. ¿Por qué una madre de cuatro hijos tuvo que dejarlos e ir a trabajar a Singapur? Cathy nació en Visayas, ciudad ubicada en el centro de Filipinas, y es una de las regiones con mayor depresión económica en el país. Su padre es maestro de primaria y su madre trabaja para el gobierno local. Cathy fue a la universidad y estudió para ser técnico de laboratorio. Sin embargo, a pesar de su preparación le fue difícil conseguir empleo. Al final fue contratada para trabajar en un organismo de conservación ambiental pero su salario era muy bajo. Se casó con un empleado del gobierno local pero el salario de su marido tampoco era elevado. A pesar de que ambos trabajaban les resultaba difícil mantener a sus cuatro hijos. Así fue como Cathy comenzó a pensar en irse al extranjero como trabajadora emigrante. Sus cuñadas ya trabajaban en Singapur como sirvientas. "Había escuchado las terribles experiencias que habían tenido algunas mujeres que emigraron a otros países. Escogí Singapur porque me dijeron que era un lugar seguro para trabajar". El padre de Cathy se oponía a que ella trabajara fuera del país. "Él sentía que era una pena que una universitaria tuviera que trabajar como sirvienta", dice Cathy. Pero estaba decidida a irse, rellenó una solicitud en una agencia de empleos en el extranjero y pidió permiso para dejar el país. El primer trabajo de Cathy en Singapur la hizo muy infeliz. No podía comunicarse con la familia para la que trabajaba y sufría maltratos. Con el tiempo escapó pero, como había faltado a los términos de su contrato, el cual requería que trabajara por dos años, la obligaron a regresar a Filipinas. Por fortuna, antes de partir conoció a su actual patrón y, después de pasar algún tiempo en su hogar, regresó a Singapur para trabajar con esta nueva familia. "Soy muy afortunada, la esposa de mi patrón es muy afectuosa y amable", sonríe Cathy. Gana 350 dólares al mes, que es el salario promedio para las empleadas domésticas en Singapur. El domingo es su único día libre. "Los domingos voy a misa las mañanas y luego al Jardín Botánico, que es el lugar de reunión de los filipinos y donde puedo ver a mis cuñadas, primas y amigas." Los domingos, el Jardín Botánico de Singapur se encuentra lleno de mujeres filipinas, quienes se reúnen para almorzar, cantar y tocar la guitarra. Es una escena festiva. Allí las sirvientas de Filipinas descansan y se lo pasan bien. Para Cathy, también es una oportunidad para reunirse con sus parientes: su tía, que durante muchos años fue maestra, y otros seis familiares que también trabajan en Singapur. Se reúnen para olvidar la soledad de trabajar en un país extranjero. Por lo general, Cathy los deja temprano para tener tiempo de escribir a su familia.
Esta madre de tres hijos de diez, ocho y siete años, y de una niña de tres, se preocupa por ellos todo el tiempo. Lleva sus fotografías donde quiera que va.
Cathy llora y añade:
Una madre con educación universitaria tiene que criar lejos de casa a la hija de otra persona mientras su esposo también planea dejar a la familia para irse a trabajar a otro país. Casos como éste, donde los miembros de una familia viven y trabajan en distintos lugares, no es excepcional en las Filipinas. Más de un millón de filipinos trabajan fuera de su país; los hombres van a Medio Oriente como albañiles y las mujeres trabajan por todo el mundo como sirvientas. Fuente: Williamson-Fien, J. Women's Voices - Teaching Resources on Women and Development, Global Learning Centre, Windsor-Australia, 1993. Adaptado de Matsui, Y. Women's Asia, Zed Press, Londres, 1987, pp. 50-51. |
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