| Nuestra propiedad mide unas 200 hectáreas. Se trata de una extensión de pastos mixtoscon borregos y ganado vacuno; no sembramos nada. Soy socia plenaria de la granja, comparto con mi esposo en un 50% la administración y la toma de decisiones, y en un 50% las labores domésticas. Creo que el trabajo físico más pesado que realizo es acarrear el heno, pues esto implica atar fardos cuadrados y llevarlos del corral al cobertizo, donde son apilados. Muchas mujeres renuncian a este tipo de trabajo porque no se les alienta a intentarlo; muchos hombres tampoco lo hacen porque resulta muy duro. Sin embargo, aunque el momento de hacerlo es agotador, una vez que he terminado me siento realmente bien. Sé que con un poco de imaginación e ingenio, empleando las leyes de la física o lo que sea, con sólo usar el cerebro, las mujeres podemos realizar cualquier tipo de trabajo de granja. Las contribuciones de las mujeres no son reconocidas: incluso a la gente que sabe la cantidad de trabajo que realizo y que me ha visto haciéndolo le es difícil aceptarme como granjera. Las preguntas referentes a la granja se las hacen a Simon y esperan que él las conteste. Lo llaman ‘jefe’ y eso es algo que nos molesta a ambos porque sabemos que no es cierto. He tenido muchos problemas con los proveedores y la gente que trabaja en las tiendas de maquinaria. Una vez, cuando Simon estaba fuera, un par de amigas de la ciudad vinieron a quedarse conmigo. Un día estuvimos colocando una tubería desde un depósito de agua a un abrevadero y nos lo pasamos muy bien trabajando juntas. Cuando acabamos nos sentíamos tan animadas que pensamos en ir al pueblo a comer y beber unos tragos para celebrarlo. En el camino me detuve con el proveedor en Mount Gambier para comprar unos albardones, que son como bisagras. Entré y dije: "Quiero media docena de albardones para puertas", y el hombre detrás del mostrador me dijo: "¿Su marido los quiere simples o galvanizados?" "Los quiero galvanizados," contesté. "¿De qué tamaño los quiere él?" "Quiero unos de tal y tal tamaño" Me hizo otra pregunta: "¿Él sabe tal y tal cosa?", a la que yo respondí: "Mire, yo sé lo que quiero (el tipo de bisagra que necesitaba) . . ." Era sorprendente, me sentía como si hubiera un hombre invisible detrás de mí al cual se dirigía el dependiente. Otro día, cansados después de estar trasquilando animales, fuimos a un lugar a ver unos borregos que queríamos comprar. La temperatura era de unos 38 grados y, como dije antes, estábamos muy cansados. Debo decir que para esto ya le había hecho al dueño algunas preguntas relevantes sobre los animales, a las cuales me había contestado de una manera coherente, así reconocía que yo sabía de lo que estaba hablando. Entonces, el proveedor se dirigió a mí y me dijo: "Supongo que es agradable salir de la casa a dar un paseo en coche". A 38 grados y después de un recorrido de 220 km difícilmente diría que había sido un paseo agradable. Pensé: "Mira, amigo, si tan sólo supieras lo que he hecho esta última semana y media..." y ahí estaba él, con su enorme vientre cervecero. Para nuestra mala suerte, en los medios aún se tiene la misma imagen del granjero. Existen programas como 'La hora campestre' donde continuamente se habla de los granjeros como un 'él'. Siempre se referían a los problemas de herencia en las granjas como 'los hijos varones toman las riendas'. No he observado que eso haya cambiado mucho. Ha habido un poco más de atención a la capacidad de las mujeres para manejar granjas y trabajar en ellas, pero no tanto como se necesita. Pienso que quizá depende de las mujeres ayudarse entre ellas. |