“Platos Rotos” rompe moldes en Sala BBK

El pasado 19 de noviembre, la Sala BBK se transformó en algo más que un espacio cultural: se convirtió en una gran mesa donde cabían todas las voces, todas las historias y todas las emociones. Allí se presentó “Platos Rotos”, una obra de la comunidad de aprendizaje Cuaderno de Bitácora Intercultural, impulsada por BBK Kuna y UN Etxea, y dirigida por Cruz Noguera. “Platos Rotos” te invita a vivir, a sentir y a reflexionar sobre lo que significa compartir, convivir y romper los moldes que nos aprisionan.

 

Una mesa para todas

“Platos Rotos” no es solamente teatro: es palabra, música, danza y memoria. Es un banquete simbólico donde cada plato cuenta una historia y cada grieta revela una verdad que durante demasiado tiempo permaneció oculta.

La obra comienza con una imagen poderosa: Maite, la camarera, se prepara para su último servicio. Entre nervios y recuerdos, se pregunta qué significa servir una mesa en la que nunca faltó el pan, pero sí la justicia. Desde ese primer gesto, el público comprende que no está ante una función convencional, sino ante una invitación a mirar el mundo desde el otro lado del mantel.

 

Romper el molde para abrir caminos

En esta mesa se sientan quienes no caben en la foto, quienes llegaron tarde porque nadie les avisó a qué hora empezaba el mundo, quienes inventan lenguajes porque el suyo nadie quiso escucharlo. Se sientan también las que hacen del rechazo una patria y del silencio una canción. Cada personaje es una metáfora viva de las exclusiones que atraviesan nuestra sociedad: el capacitismo, el racismo, la desigualdad de género, la soledad impuesta, el edadismo.

La obra nos recuerda que romper un plato no es un acto de destrucción, sino de creación. Cada fragmento es una voz que antes no se podía decir, cada astilla una promesa de libertad. Porque solo cuando algo se quiebra, surge la posibilidad de reconstruir desde la autenticidad y la esperanza.

 

 

Historias que laten

Bego, la narradora, nos acerca a cada persona con la certeza de que nombrar es reconocer con dignidad. Sus palabras son puente entre el público y las protagonistas, revelando lo que hay detrás de cada gesto. Y, de esta manera, salen a escena cada una de ellas:

  • Loubna, atrapada entre veinte platos y el vértigo de elegir, nos habla del poder y la maldición de pensar demasiado en un mundo que devora la diferencia. “Cuando dejo de pensar en las cosas, dejan de existir”, confiesa, mientras rompe la carta del menú como quien rompe el miedo.
  • Malvina, con su taza de chocolate, nos lleva al norte de Perú y a la memoria del cacao, ese fruto que guarda el perfume del paraíso perdido. Su relato es danza, fuego y resistencia: “Del árbol a la semilla. De la semilla al fuego. Del fuego a la pasta. Y de la pasta… al chocolate”.
  • Itxaso, con la foto de su perro Duke, nos recuerda que la mesa también puede ser lugar de duelo y de reencuentro, de afectos que no mueren, aunque cambien de forma. “Él fue mi confesor, mi maestro, mi pañuelo de lágrimas”, dice, mientras la mesa se convierte en altar de memoria.
  • Marian, la “cenicienta kamikaze”, desafía el capacitismo con humor y rabia, demostrando que un plato vacío no define la capacidad de brindar, reír y existir con plenitud. “Aunque mi plato esté vacío y mis piernas no me lleven a la cabecera, soy capaz de llenar la sala con mis palabras”.
  • Adriana irrumpe con la energía de quien no pide permiso para existir. Con su voz desafiante, canta y se planta frente a los prejuicios: “Se dicen muchas cosas… pero sigo siendo yo. Yo soy así”. Su presencia es puro punk, una declaración de libertad que sacude la mesa y recuerda que la autenticidad es una manera de vivir.
  • Uxue, Nina y Lur, niñas que sueñan países que cantan, ríen, bailan y abrazan, nos invitan a imaginar un mundo donde la ternura sea norma y no excepción. “Para mí, el mejor país del mundo es el país que abraza”, dicen, y el público sonríe con esperanza.

 

Y la mesa sigue creciendo:

  • Elena, con voz serena, nos habla de una relación tóxica que duró casi cuarenta años: “Te añoraré en todos mis momentos… pero no vuelvas nunca más, mi querido cigarrillo”. Su testimonio es un acto de liberación, una despedida que huele a vida nueva.
  • Fely, viajera descalza en el mapa de su cuerpo, nos lleva a la mesa ovalada donde se sirven silencios y rutinas que ahogan. “Mujer, abre el espejo de tu mano, cruza la puerta aunque tiembles”, recita, y en sus palabras florecen margaritas sobre la hierba mojada de los ojos.
  • Cruz, minimalista por necesidad, sostiene un plato perfecto que simboliza la normalidad impuesta. “Me gustaría romper este círculo vicioso… Prefiero trozos distintos, con voces diferentes”, afirma, y su deseo se convierte en metáfora de la obra: solo cuando algo se rompe, logramos que se nos escuche.

 

 

Un acto político y poético

“Platos Rotos” no es solo arte: es una declaración. Denuncia las normas que excluyen y reivindica el derecho a estar en la mesa común. Nos interpela como sociedad: ¿quién decide quién se sienta y quién queda fuera? ¿Por qué seguimos pagando siempre las mismas personas los platos rotos?

La obra responde con belleza y contundencia: romper el círculo perfecto es necesario para que entren todas las voces. Porque la perfección impuesta es silencio, y el silencio perpetúa la injusticia. Frente a ello, la escena se llena de fragmentos, de trozos distintos que juntos componen una imagen más verdadera, más humana.

 

Un cierre que abre horizontes

La música atraviesa toda la obra como un hilo invisible que sostiene las emociones. Dariana, con su voz cálida y poderosa, convierte cada escena en un canto que abraza. Kike y Joseba acompañan con percusión y guitarra, creando ritmos que dialogan con las palabras y las historias, dando vida a los silencios y fuerza a las grietas.

Thierno irrumpe con su danza: un cuerpo que se mueve como resistencia, como puente entre mundos. Su baile es la última palabra, la que no se pronuncia, pero se siente en cada fibra del escenario.

“Hoy sí —dice Maite—, hoy he servido mi mejor mesa”. Una mesa donde caben todas, donde nadie queda al margen, donde la diversidad se entiende como parte de lo que somos.

Queremos que “Platos Rotos” no se queda en la Sala BBK: queremos que viaje con quienes lo vivieron, que aparezca en las conversaciones, en las preguntas, en los deseos de construir un mundo más justo.

 

 

Revive algunos momentos en el vídeo del evento:

 

 

*Imágenes y vídeo de Bagara Media.